LAS JACARANDAS y el secreto de la felicidad.

Ya hace algún tiempo que tengo ganas de escribir en mi blog, pero el tiempo no me lo había permitido. Hoy me lo he propuesto y he decidido que no me paro de la computadora hasta terminar esta entrada. Y pues aquí estoy.

Tomé estas fotografías ya hace un par de semanas… y no se las había podido compartir… pero no me he querido quedar con ellas para mi sola, para que ustedes también tengan la oportunidad de admirar estos maravillosos árboles “Jacarandas” que cada año al inicio de la primavera pintan la ciudad de “color morado”, y en ciertos lugares donde se encuentran varios de ellos reunidos lo transforman en casi casi un lugar de “cuento de hadas”.

Cada primavera espero con ansias el nacimiento de las flores moradas en estos hermosos árboles pues son sin duda mis árboles favoritos. La mala noticia, es que sus flores duran poco más de un mes… y luego se caen para regresar hasta la siguiente primavera. La buena noticia… y que me da consuelo… es que me quedo con las fotos para poder mirarlas y admirarlas cada vez que yo quiera.

Saben, dudé mucho en dedicar esta entrada a los árboles de Jacarandas, pues hace ya varias semanas que dejaron de ser morados y regresaron a su verde habitual. Sin embargo he decidido finalmente hacerlo para que puedan observar de cerca ustedes también la alegría con la que nos recibió la madre Naturaleza en la primavera este de este año 2014 en mi ciudad de León, Gto. 
Y mientras observamos juntos a estos delicados árboles… les quiero también compartir un cuento pequeño que me encanta… que escribió uno de mis autores favoritos en un libro que seguramente ya leyeron y que es de los más vendidos en todo el mundo “El Alquimista” de Paulo Coelho.
El cuento habla sobre “EL SECRETO DE LA FELICIDAD” y  dice así: “Cierto mercader envió a su hijo a aprender el Secreto de la Felicidad con el más sabio de todos los hombres. El muchacho anduvo durante cuarenta días por el desierto, hasta llegar a un bello castillo, en lo alto de una montaña. Allí vivía el sabio que el muchacho buscaba.
No obstante, en lugar de encontrar a un hombre santo, nuestro héroe entró en una sala en la que se deparó con una enorme actividad: mercaderes que entraban y salían, personas conversando por los rincones, una pequeña orquesta tocando suaves melodías, y una mesa muy bien servida con los más deliciosos platos de aquella región del mundo.
El Sabio conversaba con todos, y el muchacho tuvo que esperar durante dos horas hasta que pudo ser atendido.
Con mucha paciencia, el Sabio escuchó atentamente el motivo de la visita del chico, pero le dijo que en ese momento no tenía tiempo para explicarle el Secreto de la Felicidad.
Le sugirió que diese un paseo por su palacio, y regresase al cabo de dos horas.
-De todas maneras, voy a pedirte un favor –añadió, entregándole al muchacho una cucharita de té en la que dejó caer dos gotas de aceite-. Mientras estés caminando, lleva contigo esta cuchara sin derramar el aceite.
El joven empezó a subir y a bajar las escalinatas del palacio sin apartar la mirada de las gotitas de aceite. Dos horas más tarde, regresó ante la presencia del Sabio.
-Entonces – preguntó el sabio- ¿ya has visto los tapices de Persia que están en mi comedor, y el jardín que al Maestro de los Jardineros le llevó diez años concluir? ¿Y te has fijado en los hermosos pergaminos de mi biblioteca?
El muchacho, avergonzado, confesó que no había visto nada de eso. Su única preocupación había sido no derramar las gotas de aceite que el Sabio le había confiado.
-En ese caso vuelve y conoce las maravillas de mi mundo –dijo el Sabio-. No puedes confiar en alguien hasta que no conoces su casa.
Ya más tranquilo, el joven muchacho tomó una vez más la cucharilla y volvió a pasear por el palacio, pero esta vez fijándose en todas las obras de arte que colgaban del techo y las paredes. Vio los jardines, las montañas de alrededor, la delicadeza de las flores, el refinamiento con que cada obra de arte había sido colocada en su lugar. Por fin, una vez más ante la presencia del Sabio, le contó pormenorizadamente todo lo que había visto.
-Pero, ¿dónde están las dos gotas de aceite que te confié?- preguntó el Sabio.
Mirando a la cuchara, el joven se dio cuenta de que las había derramado.
-Pues este es el único consejo que puedo darte – dijo el más Sabio de los Sabios-. El secreto de la felicidad está en saber mirar todas las maravillas del mundo, sin olvidarse nunca de las dos gotas de aceite de la cucharilla”.

Y con esto me despido… espero verlos por aquí en mi siguiente publicación. 

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